domingo, 30 de diciembre de 2012

Un cuento de Navidad judío



Preludio
Ha muerto Eichmann

En la presentación de la recopilación de cuentos fantásticos contemporáneos judíos, que tuvo lugar en Paris en el año 2009, el escritor polaco Piort Granski fue preguntado por algunos asistentes respecto al curioso título que daba nombre al libro y que no parecía corresponder a ninguno de los cuentos: “No sabría decirle con exactitud el motivo que me llevó a elegir ese titulo –respondió Granski-. Me vino a la cabeza justo al terminar la recopilación y me pareció lo suficientemente evocador y misterioso como para reflejar la esencia de los cuentos reunidos.” Sin embargo, un reciente artículo aparecido en la revista mallorquina “Longitud de Onda” en su edición de Octubre de 2011 se arroga el descubrimiento de documentos clasificados del Mossad israelí que parecen aportar una nueva y estremecedora luz a algunas de las historias recogidas en el libro de Granski. En dicho artículo, se explica que para la elaboración del libro, Granski se entrevistó con judios supervivientes del gueto de Varsovia y se menciona un apéndice, firmado por Daniel Chiejánow, en el que aparece el nombre de Eichmann en relación a la muerte del súbdito chileno Mario Cóndor.

Capitulo I
El informe Chiejánow

Informe de Daniel Chiejánow en relación a la muerte de Alexander Eichmann, que se ocultaba en Chile bajo el nombre de Mario Cóndor.

Nos ha sido comunicada por nuestros contactos en Chile la muerte de Alexander Eichmann, conocido como Mario Cóndor, la noche del 24 de Diciembre de 1974. Eichmann figuraba en nuestros archivos como objetivo de prioridad 5, sin que hasta la fecha nuestro servicio hubiera tenido constancia de su paradero. Las circunstancias extremadamente inusuales de la muerte requirieron una investigación del gobierno chileno, circunstancia que alertó a nuestros servicios sobre la verdadera personalidad de Mario Cóndor. Verificada su identidad como Alexander Eichmann ninguno de nuestros equipos parece ser el responsable de su muerte, por lo que se me ha encargado investigar quién está detrás de su asesinato. El cuerpo de Eichmann fue encontrado carbonizado en su casa la mañana del 25 de Diciembre de 1974, sin que ningún otro elemento de la casa o el mobiliario resultase afectado por el fuego. Solicitado su expediente a nuestro servicio de inteligencia sabemos que Alexander Eichmann formó parte del cuerpo policial encargado del mantenimiento del orden en el gueto de Varsovia, de 1941 a 1942, en el grado de capitán. Las ejecuciones documentadas que se le atribuyen son:

Aron Goldman,
Samuel Grosman,
Olha Krausz,
Boris Tzeitin,
Truda Rubin,
Zipporah Picker,
Yosef Laska,
Eva Segal,
Masha Kuszer,
Mara Coblic,
Schlomo Dayan.

Adenda: las circunstancias de la muerte de Eichmann, coinciden de forma preocupante con otras muertes relacionadas con soldados alemanes destinados al gueto de Varsovia. En el periodo en el que Eichmann fue capitán, los hombres que componían su patrulla fueron:

Jens Schurer, alias Michael Hornick, muerto el 24 de Diciembre de 1958 en Toronto.
Johan Wiesner
Peter Schumacher
Hans Wiever, alias Frederick Ibsen, muerto el 24 de Diciembre de 1963 en Bottrop.
Jacob Bok
Alexander Peter, alias Manuel Zuñiga, muerto el 24 de Diciembre de 1971 en Menorca.
Helmuth Granner
Arnold Eriksen, alias Samuel Forsythe, muerto el 24 de Diciembre de 1968 en Nueva Zelanda.

Ninguna de sus muertes ha sido registrada a cargo de nuestros agentes. Investigo la posibilidad de la intervención de agentes judíos independientes. Revisados los expedientes de descendientes del gueto relacionados con la caza de agentes alemanes, aparecen los nombres de Glanski, y Grimberg. Contacto con Esther Grimberg, agente libre de 1960 a 1967, nieta de Eva Goldstein, fallecida en el gueto de Varsovia en 1941. Daniel Chiejánow. Chile, 16 de Enero de 1975

Capitulo II
La mujer en el kibutz

Un viento bíblico barría el suelo de polvo amarillento de la granja. Los canales de irrigación traían un suave murmullo oriental a los huertos perfectamente cultivados. El hombre bajó del jeep y pulsó el botón de plástico gris del interfono.
-¿Esther?
-Pasa.
La mujer que le recibió en el umbral era una vieja conocida. Los años retirada en el kibutz, cultivando la tierra y contemplando los amaneceres del desierto le habían dulcificado el rostro pero aún conservaba las líneas duras y decididas del mentón de una agente del Mossad.
-Daniel –dijo la mujer con una sonrisa de bienvenida.
-Esther –respondió Daniel Chiejánow.
Ambos pasaron a un salón pulcramente decorado. Una niña jugaba en un rincón con dos muñecos de madera.
-Eva, cariño –dijo la mujer - ¿podrías dejarnos solos y subir a tu cuarto a jugar? –la niña abandonó el salón y subió corriendo las escaleras. Cuando estuvieron solos su expresión se tornó interrogante. Le ofreció una taza de té.- Reconozco que me intriga tu visita, Daniel –comenzó- mi retirada del servicio fue un poco… precipitada. Entonces no considerasteis que mis ideas fueran de utilidad a la causa y me intriga en qué puedo ayudarte ahora. Como bien sabes llevo 5 años retirada en esta granja.
-¿del todo? –preguntó él-
-Del todo –respondió- Aquí he encontrado la paz que no obtuve persiguiendo nazis.
-Pues no parecía que quisieras dejarlo. -Entonces pensaba que no había más justicia que la que uno pudiera impartir. -¿y no sigue siendo así ahora?
-¿qué te ha traído aquí? –le cortó ella.
Él guardó silencio un instante, como preparándose para observar la reacción de ella ante su inmediata respuesta.
-Eichmann ha muerto. –Los labios de ella se alzaron en una sombra de sonrisa imperceptible, pero no de sorpresa.
-Bien, ¿y?
-No hemos sido nosotros. –contestó Chiejánow-
-Habrá muerto de viejo.
-Murió carbonizado. Lo quemaron vivo. –de nuevo la levísima sonrisa.- ¿has vuelto a contactar con Granski, con Pfefferman, con Piersboski?
-No desde que disolvimos el grupo hace cinco años.
-Pues alguien está cazando nazis por libre –dijo y extendió la lista de soldados encima de la mesa. – Y no nos gusta. ¿Puedes ayudarme?
-¿Para salvar a los nazis que quedan o para poder matarlos vosotros?
-Los años no te han suavizado los modales. Imaginé que en cualquier caso la muerte de Eichmann te alegraría. Eras la que mejor conocía a todos los relacionados con el gueto. Te dedicaste a ellos mucho más que cualquiera de nosotros.
-Mi abuela estuvo allí. Y mi madre. Fue de las pocas supervivientes.
-Por eso empezaste a perseguirlos por tu cuenta. Te parecía que íbamos demasiado lentos.
-Me parecía que nosotros podíamos hacerlo más rápido.
-Sí –respondió él- El grupo de Varsovia: Pfefferman, Granski, Goldman, Piersboski, Goldstein y tú. Todos familiares o descendientes de judíos polacos. Todos procedentes de los pocos judíos católicos del gueto de Varsovia.

Capitulo III
Un cuento de Navidad judío.

Las sombras se deslizaban silenciosas como satén sobre el horizonte, cuando Esther Grimberg bajó de acostar a su hija.
-¿Y qué quieres de mi exactamente, Daniel?
-Que detengas esto. Lleva vuestro sello. Todas las muertes el 24 de Diciembre, el día de vuestra Pascua. Habla con los demás. No podéis seguir por vuestra cuenta. Si cometéis un error os exponéis a un consejo de guerra. –Ahora sí, ella sonrió ampliamente.
-No hemos sido nosotros.
-¿Cómo lo sabes? ¿Tienes noticias de los demás?
-Estoy al corriente de Pfefferman, y me escribo con Granski. Creo que está preparando un libro o algo así, me pidió que le enviara por escrito algunos cuentos que nos contaba mi madre. De Goldman, Piersboski y Goldstein no sé nada.
-¿cómo puedes saber entonces que no siguen en activo?
Ella permaneció un rato en silencio, como meditando sus próximas palabras.
-No me creerías si te lo cuento. Demasiado judío. No crees lo mismo que yo, no verás lo mismo que yo, no oirás lo mismo que yo, aunque ambos escuchemos las mismas palabras.
-Tiene que ver con vuestro grupo de polacos católicos.
-Tiene que ver con la Navidad.
-¿Vas a contarme un cuento navideño?
-Te voy a contar la historia de Schlomo Dayan.
Ella bajó las luces mientras le ofrecía tabaco aromático. Se encendió la pipa en un gesto extremadamente poco femenino y aspiró una enorme bocanada. Viéndola fumar el recordó a la mujer vestida de camuflaje que empuñaba una pistola cubierta por las sombras.

“Sabes que mi madre falleció hace 5 años –él asintió- coincidiendo con mi retiro del servicio. Glanski lo sabe, y Pfefferman también y todos los otros. Nosotros sabemos algo que vosotros no: la historia de Schlomo Dayan. Por eso disolvimos el grupo. Ya no tenía sentido. No me importa si lo crees o no, pero poco antes de fallecer, mi madre me llamó y nos habló por primera vez del gueto. No lo había hecho nunca en 30 años. Sé que vosotros no creéis en San Nicolás, pero nosotros sí. Mi madre me contó la historia del San Nicolás del gueto de Varsovia. La historia de un simple deshollinador llamado Schlomo Dayan. En el año 1941 las cosas se estaban poniendo realmente duras en el gueto. Nadie tenía apenas nada para comer, y aunque seguían llegando judíos de todas partes, morían de enfermedad y de hambre tantos como llegaban. El Judenrat hacía lo que podía, que era muy poco. Se abrieron comedores donde se repartía sopa, pero la comida apenas llegaba para sobrevivir. Aún así se mantenían abiertas varias escuelas, había un diario clandestino e incluso los pocos judíos convertidos al catolicismo teníamos una iglesia donde reunirnos. Los nazis nos mataban intencionadamente de hambre y era extremadamente difícil introducir comida o medicamentos en el gueto. Entre nosotros había judíos colaboracionistas que a cambio de mejores condiciones denunciaban las reuniones clandestinas o las ayudas no autorizadas. Entonces un joven deshollinador bolchevique llamado Schlomo Dayan encontró un túnel que le permitía salir del gueto sin ser visto y regresar con comida, medicinas y documentos, si los podía conseguir. Como las calles del gueto estaban vigiladas por la noche, subía a los tejados con sus herramientas de deshollinador y se introducía por las chimeneas de las casas sin ser visto. Así lo hizo durante meses en los que muchas familias como la mía pudieron salir adelante y no morir en aquel infierno. –Esto contaba Esther, pero al pronunciar el nombre de Schlomo se detuvo y musitó una bendición entre dientes, como le había visto hacer Daniel cuando hablaba de un santo- Era un hombre valiente y alegre, que llevaba la felicidad con él a todas las casas que podía. Cuando conseguía algo de utilidad o traer mensajes de fuera de amigos o familia, avisaba en la casa que tenía pensado visitar esa noche, y le recibían con lágrimas en los ojos y las mayores muestras de afecto. Y los niños como yo, riendo, decían al verlo bajar tiznado por la chimenea con su chaqueta de cuero rojizo, ¡Ha llegado San Nicolás! ¡Ha llegado San Nicolás! Y Schlomo, bolchevique y todo como era, reía y decía: ho, ho, ho, para nosotros. Así que para algunos de nosotros, al menos una vez en todo aquel infierno, fue Navidad.

Capitulo IV
Sube al cielo, arde en el infierno.

Tanta era la precariedad del gueto, que la poca comida que lograba traer Schlomo se celebraba con alegría indescriptible. Y el saber que había un ángel bueno que se preocupaba por nosotros nos hacía más llevaderas todas las penurias a las que éramos sometidos. El día en que una familia era avisada de su visita, pasaba el día entre risas cómplices, los niños reían nerviosos esperando los regalos que él traía siempre que podía: una cinta, un trompo, un muñeco, o incluso regalos que los propios padres fabricaban en sus casas y que le entregaban para que él se los diera a los niños si habían sido buenos. “Si eres bueno, San Nicolás, te traerá un caballito.” Y el padre hablaba con algún amigo ebanista y cuando descendía por la chimenea el niño tenía el caballito prometido, y así pasaba por todo aquel horror con un rayo de esperanza. Pero como al igual que la pena, la alegría es difícil de ocultar, sobre todo en un niño que no entiende de maldades, los alemanes empezaron a sospechar que algo raro sucedía en el gueto. Nunca supimos quién fue –me dijo mi madre- , pero contaron que con los oídos atentos, los espías que había entre nosotros oyeron a una niña decirle a sus amigos entre risas de alegría: “Esta noche viene San Nicolás a mi casa”. Esa noche los nazis vigilaron todos los tejados aledaños, y cuando San Nicolás bajó por la chimenea de la casa taparon desde arriba la abertura. Entonces, la patrulla de Eichmann, que esperaba abajo en la casa comenzó a prender la leña abajo. Aquella era nuestra casa, Esther, nosotros lo vimos, y aunque nos estaban apuntando, no pudimos contener los gritos de horror cuando encendieron el tiro. El humo subió denso, junto con las risas de Eichmann y Eriksen. Oimos golpes en la chimenea y un rascar en la paredes. A los pocos segundos el fuego lamía las piedras y unos gritos que helaban la sangre salían del hueco. Y los golpes, los golpes, los golpes, mientras los soldados le gritaban: “¡Sube al cielo, arde en el infierno!” Al poco un sonido de algo pesado cayendo llenó de ceniza el salón, y allí se quedó ardiendo, apenas un carbón humano, con la chaqueta hecha jirones hirvientes y el saco que traía derramado sobre las baldosas.” Ese es el motivo por el que Glanski, yo y los otros perseguíamos a los soldados del gueto –concluyó Esther tras un suspiro- Aquella era nuestra pequeña parte de la guerra, nuestra caza personal. Todos tenemos regalos de Schlomo Dayan. Gracias a él recordamos que aún en un pozo de sufrimiento como fue el gueto pueden encontrarse personas dispuestas a morir por los demás.

-Es una historia tremenda –le respondió él- pero no me explica quién ha matado a Eichmann. Si vosotros dejasteis la caza hace 5 años ¿quién?
-No me has dejado terminar la historia –replicó ella- y lo más increíble está aún por contar.

Capitulo V
Carbón

Bastantes años después, en 1959, cuando Glanski y yo comenzamos a formar el grupo, nos enteramos de la muerte de Schurer. Lo supimos porque era uno de los objetivos que teníamos localizados. Schurer colocó la losa que selló la chimenea aquella noche en Varsovia. 24 de Diciembre. Carbonizado. No habían sido los nuestros. Había sido Schlomo. Y así, todos los años, Schlomo sigue bajando por las chimeneas, y nos deja a Glanski, a mi y a los demás un pequeño carbón con un nombre. Y un nazi menos sobre la tierra. Por eso dejamos el grupo, por eso ya no tenía sentido. Sólo teníamos que esperar a Navidad, como en el gueto. Porque nuestra Navidad es la felicidad de saber que hay justicia en este mundo. Y la justicia, más allá de lo que podíamos hacer nosotros por nuestros medios, es un papel y un nombre la medianoche del 24 de Diciembre. Porque la Felicidad sin Justicia es una boba mansedumbre. Y cuando todo esto haya acabado, cuando no haya ya más carbones ni más nombres en papel tiznado, nuestros hijos vivirán en un mundo mejor que el que hemos vivido nosotros.

-¿Pretendes que me crea esa historia? –preguntó él.- ¿un fantasma vengador de las Navidades del gueto?
-No pretendo nada, Daniel, -contestó ella- pero me has preguntado y te he respondido, no lo que creo, sino lo que sé. Tú has traído tu informe, yo no lo necesito, tengo el mío propio –y, levantándose, sacó de un pequeño armario una caja de madera que contenía decenas de pequeños envoltorios de papel manchado, del tamaño aproximado de un carbón pequeño. Buscó uno específico y lo desenvolvió con cuidado, parecía el más nuevo. Se lo tendió a Chiejánow.
“Eichmann” decía el papel.


Jesus Fernández.
Córdoba. Diciembre 2012